Hi
Siquiera, un mísero hola desconocido,
de esos que vas soltando a doquier
sólo cuando eres abuelo o niño,
nos hizo retorcer nuestras cabezas.
[Supuestamente estamos acostumbrados
y nos jactamos de ser capaces de llegar a los pueblos,
y entendernos con los susodichos
sin mayor problema que sus acentos.
Que seguimos siendo capaces de correr tras una pelota,
y que todavía, si las peonzas no fueran de plástico,
conseguiríamos alzarlas bailando sobre nuestras manos.
Incluso con un preciso toque de altanería,
colar un chivín en el guá y llenarnos los bolsillos
con todas las canicas de nuestro amigos.
Incluido el ojo de gato.
¡Ja!
Seguro que nos mirarían aquellos abuelos de la taberna
con la preocupación de ese que saben que anda por el mundo
como si ya hubiera pisado la piedra que le hará torcerse el tobillo]
Avanzamos a la espera de no enfrentar nuestros hombros.
Esquivamos las discordias y concordias,
para llegar al segundo exacto antes de que la puerta Z
se cierre en nuestras narices.
Ni holas, ni adioses…
Ni miradas.
Mientras,
al fondo del anden
una persona se levanta cada vez que llega un metro
y se vuelve a sentar cada vez que se vacía.
Mirando con los ojos tendidos
el devenir de las escaleras mecánicas.







