Espacio literario de J.Santos B. (Sin Saber el Por qué de las cosas, O quizás sabiéndolo. El Sin, sin Con, Nos lleva al Adiós.)

Secuencias

En el detalle estaba lo importante.

Quería agrandar la fotografía. Sabía que en el detalle estaba la solución. Desde pequeño había jugado con mi madre a las 7 diferencias. Daba igual el periódico, incluso que estuvieran en un pack de pasatiempos de los que vendían en las puertas del metro. Y que incluso, aunque estos, tuvieran fallos siempre conseguíamos encontrar los errores. En ocasiones, descubríamos alguno que el editor había pasado por alto. Una errata de imprenta de la que nunca recibías perdón, porque el siguiente número había entrado en un pack diferente al comprado.

Apagué la luz. No podía agrandar la fotografía. Al menos conseguiría verla con mayor nitidez: Foto antigua, gorras de época, varios hombres mirando a la luz y lo importante, escondido tras la esquina. Giré la cabeza, con la seguridad de que mis ojos conseguirían doblar la esquina. Siempre lo intentaba, con tesón y con el saber de poder hacerlo. Hasta que alguien me pillaba y comenzaban las risas. Mira el niño… El día que lo conseguí, volví a reírme como si todo hubiera sido igual que siempre.

A lo que íbamos, de todas formas. Lo que no entiendo ahora, es por qué estaban tan serios los personajes de la foto.

Con este relato he participado en: Primera Muestra de Relatos (organizada por Los Sábados Negros): http://www.sabadosnegros.org/muestra/muestra.html Donde a partir de la imagen nos lanzábamos a escribir.


Los domingos por la tarde

Eran los domingo a la tarde. Normalmente de seis a siete. El día del paseo y la visita a los abuelos.

Se notaba cuando llegaba el invierno, porque en la esquina de la mitad del camino,  cuando terminaba el parque, comprábamos media docena de castañas a una señora mayor, con la cara muy arrugada. Estas pasaban del tonel de brasas agujereado a un cucurucho de periódico y de ahí a nuestras manos. La dosis era la justa para terminar el trayecto intentando pelar las castañas sin quemarnos.

De las visitas, recuerdo más bien poco. Imágenes sueltas, sensaciones… al fin y al cabo, serían siempre parecidas a los ojos de un niño. Aunque hay cosas, de esas de posos, que siempre llevas oyendo “cuando te hagas mayor te iras acordando”. Y justo, es pasear por la década de los 30 y comenzar a recuperar recuerdos en forma de capítulos descontrolados.

Pero donde íbamos. Seguimos con la visita de los domingos a los abuelos. En el momento de la llegada al portal.

Subir hasta la cuarta planta (sin ascensor). Esperar en el rellano a que se abriera la puerta, mientras la vecina de enfrente o de abajo y de enfrente, salían a saludarnos. Y si había suerte, subir a tender o destender a la azotea.

Era la época en la que no se usaba el salón. Cuyo única utilidad era recoger los recuerdos que los hijos traían de cada viaje veraniego. La salita, por contra, contenía todo lo que existía en el salón, pero a un nivel más reducido en precio y tamaño. De manera que su uso y sobre todo, desgaste, no implicara una gran perdida. Estaban la televisión, subida sobre el mueble bar, con ocho canales a los que le sobraban seis. La mesa camilla, el brasero, el sillón y una serie de sillas incómodas, frías en invierno y abrasadoras y sobre todo sudorosas en verano. Es lo que tiene que el tapicero las tapizara con cuero para que aguantaran más.

El resto de imágenes me asaltan como diapositivas que van pasando de unas a otras sin orden, tras un leve chasquido con el dedo.

Incursiones a la cocina atraído por diferentes olores. Salidas en tropel a la terraza, antes de que años después me contagiara con el vértigo. Un reloj de cuerda, que semana tras semana preparaba para una semana sin refuerzos. El cojín que raspaba la cara, traído por mis tíos, en su primera visita desde Australia. Creo que todavía sigue por algún sofá de la familia.  Lo recuerdo principalmente, porque me raspaba la cara con un especie de brillantina pegada, que terminaba por dejarme la cara en un color rojo resaltado.

¡Ah! y claro, y mi Búsqueda del Tesoro.

Este era el juego particular que tenía con mi abuelo. Cada abuelo tiene un juego particular con cada nieto. Yo tenía este, bueno, también me enseñó a jugar  la peonza, a bailarla y tirarla del revés. Pero a lo que íbamos, mi juego era este. Consistía en buscar las bolitas de anís. La verdad, es que siempre estaban en el mismo lado, dentro del mismo bote de cristal y la sorpresa, según mi abuelo hubiera repuesto el tesoro esa semana, consistía en que fueran de colores o no. El hurto, apalabrado, por supuesto, siempre era menor del esperado.  Por mi parte, claro. Había que dejar por si venía más gente o para que no se gastaran.
El resto de tiempo que no lo pasaba moviéndome por algún lado de la casa, lo cual era bastante normal en mí. Estaba sentado. En la mesa. Escuchando conversaciones que se fueron haciendo comprensibles según fueron pasando los años, pero que no aumentaron a pesar de ello en divertimento. excepto algún chascarrillo suelto, que no me atrevo a recordar. Creo que cuando se pueden comenzar a disfrutar las conversaciones con los abuelos, o no están, o se nos olvida apreciar sus historias.

Dependiendo de lo apurado de la visita, una o tres horas, terminábamos siempre con el mismo cuadro con el mismo fondo y los mismo actores.
El recibidor con nosotros cinco. Yo mirando hacia arriba. Parado, firme, cual legionario. Resistiendo los embites que mi mano  izquierda, por parte de alguno de mis padres para sacarme del cuarto. Pero siempre con la fuerza justa y la sonrisa en su cara,  para yo afianzarme en mi terreno y en mi rectitud y ellos seguir con el paripé. Hasta que en un momento determinado. Continuando con el protocolo. Antes de que la puerta se abriera y nos anunciara la despedida. Llegaba el olor de mi abuela, con la bolsa de empanadillas o croquetas frías, con el sabor aposentado de día anterior, y con una unidad menos de las que tenía previstas. La bolsa de mi Padre. Segundos después su mano discurría sobre la mía dejando caer cinco duros. De esos de la épocas de los duros, y no de las pesetas. Y yo sabía que la única forma de ahorrar, si la cosa iba bien, era duplicar su valor en el guá, transformado en canicas. Al fin y al cabo, dos eran para guardar y tres para gastar. Esta era mi bolsa.


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